Escuché a alguien decir que Pepito Grillo es tóxico porque no nos deja en paz. Y pensé: pobre Pepito. No es tóxico, es bueno. Quiere lo mejor para nosotros. El problema es que lo hemos vuelto loco. Le hemos cargado con una lista infinita de «deberías» que vienen del exterior. Más rápido, más eficaz, mejor. Tanto ruido que ya no distingue qué es nuestro y qué es impuesto.
Un Pepito Grillo saturado, errático, recitando una lista interminable que no acaba nunca. Intoxicado por nosotros.